
La reforma que impulsa Isaías González Cuevas confirma lo que muchos trabajadores ya sospechaban: la CROC dejó de ser un sindicato para convertirse en una estructura que protege intereses ajenos a la base laboral. Bajo el pretexto de ajustes legales, la iniciativa plantea un escenario claro y alarmante: menos derechos sociales y más libertad para el patrón.
Hablar de recortes a pensiones y riesgos en el acceso a la salud no es un asunto menor. Se trata de dos de los pilares fundamentales del bienestar laboral. Quitarle responsabilidades al empleador implica trasladar la carga al trabajador, quien ya enfrenta inflación, precarización y salarios insuficientes. Y aun así, Isaías González Cuevas decide empujar esta reforma como si se tratara de un beneficio colectivo.
La pregunta es inevitable: ¿a quién representa realmente la CROC? Porque no parece representar al trabajador que envejece sin certeza de una pensión digna, ni al empleado que depende de un sistema de salud que cada vez recibe menos recursos. Representa, más bien, a una cúpula sindical cómoda, desconectada y opaca.
Isaías González Cuevas lleva años aferrado al poder sindical, pero sin asumir las obligaciones básicas de cualquier dirigente que se diga legítimo. No ha presentado declaraciones patrimoniales ni fiscales. No hay claridad sobre su fortuna, ni sobre el manejo de recursos del sindicato. Exige cuotas, pero no ofrece transparencia. Exige obediencia, pero no rinde cuentas.
La opacidad no es un error administrativo, es una estrategia. Mientras los trabajadores enfrentan incertidumbre sobre su futuro, el líder sindical mantiene el suyo protegido detrás de la falta de información. Esa asimetría es inaceptable. Un dirigente que no se somete al escrutinio público no tiene autoridad moral para decidir sobre los derechos de millones.
Esta reforma no es técnica, es política. Y su impacto será social. Menos obligaciones patronales significan más precariedad, más informalidad y menos protección. Lo que Isaías presenta como “avance” es, en realidad, un retroceso que nos regresa a épocas donde el trabajador estaba solo frente al patrón.
Los derechos laborales no se negocian. No se ajustan para complacer a empresarios ni se sacrifican para mantener liderazgos eternos. La CROC, bajo Isaías González Cuevas, está fallando a su razón histórica y moral.
Hoy más que nunca, los trabajadores necesitan representación real, no simulación sindical. Y mientras Isaías siga impulsando reformas que recortan derechos sin rendir cuentas sobre su propio poder, su liderazgo quedará marcado como uno de los más dañinos para el sindicalismo mexicano.





